Un informe de la Fundación Tejido Urbano reveló que 4 de cada 10 personas de entre 25 y 35 años continúan viviendo con sus padres. Quienes logran mudarse solos deben destinar, en promedio, el 62% de sus ingresos netos únicamente al pago del alquiler.
La emancipación habitacional y económica, considerada históricamente uno de los hitos fundamentales para el inicio de la vida adulta, se transformó en una meta inalcanzable para la juventud en Argentina. La compleja combinación de salarios insuficientes, subas constantes en los contratos locativos y las barreras estructurales para acceder a créditos hipotecarios configuran un escenario que posterga por años los proyectos de vida de las nuevas generaciones. De acuerdo con un exhaustivo relevamiento realizado por la Fundación Tejido Urbano, el 40% de los jóvenes que tienen entre 25 y 35 años todavía reside en el hogar de sus padres. Lejos de tratarse de una simple elección cultural o de la extensión de las carreras universitarias, el fenómeno responde de forma directa al progresivo deterioro de la capacidad económica de este segmento de la población.
El indicador más alarmante del estudio expone la enorme brecha entre los ingresos laborales y los costos para sostener un techo propio. En promedio, un joven argentino debe destinar el 62% de su sueldo para cubrir el pago mensual de un alquiler. Esta cifra pulveriza por completo los parámetros de los organismos internacionales, los cuales determinan que el gasto saludable en vivienda no debería superar el rango de entre el 25% y el 30% de los ingresos totales. Fernando Álvarez de Celis, director de la fundación, remarcó que el mercado del empleo ya no es el escollo principal: «La problemática ya no pasa principalmente por la desocupación. Muchos jóvenes tienen trabajo, pero los salarios no alcanzan para afrontar los costos de una vivienda». Esta asfixia financiera provoca que muchos de los que consiguen independizarse deban desandar el camino y regresar a la casa familiar ante contingencias económicas o rupturas de pareja.
Frente a la imposibilidad de calificar para un techo propio en los centros urbanos de Córdoba, Buenos Aires o Rosario —donde la construcción se vuelca mayormente a inversores como resguardo de valor y no a satisfacer la demanda habitacional primaria— las alternativas de emancipación quedaron reducidas a tres vías: recibir una herencia o auxilio económico familiar, convivir en pareja para dividir gastos, o mudarse hacia las periferias donde la tierra es más barata. Este último fenómeno está empujando una expansión urbana desordenada hacia sectores desprovistos de servicios básicos, transporte eficiente e infraestructura. A pesar de que los créditos hipotecarios mostraron una mejora reciente en el volumen de otorgamiento respecto a los bajísimos niveles de 2023, la oferta sigue siendo marginal para revertir el déficit acumulado en un país donde un asalariado promedio requiere hoy entre 16 y 17 años de ingresos completos para comprar un departamento estándar.

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