El zigzagueo discursivo del exministro de Seguridad expone una estrategia coordinada por el kirchnerismo duro para condicionar la proyección nacional del gobernador. Los reproches por la falta de defensa a Cristina Kirchner contrastan con su propio historial de rupturas y con el doble estándar aplicado en otros armados como el de Leandro Santoro.
La parálisis de cuatro meses en el Senado bonaerense no se tradujo en una agenda de consensos legislativos, sino en la puesta en escena de una interna peronista que ya no se digiere en los despachos reservados. Las esquirlas del fuerte cruce en el recinto entre Sergio Berni, Mario Ishii y la vicegobernadora Verónica Magario dejaron en evidencia que la provincia de Buenos Aires se convirtió en el principal territorio de disputa por el liderazgo del Partido Justicialista. La centralidad de la discusión giró en torno al posicionamiento del actual jefe de bloque oficialista, cuya intervención operó como la punta de lanza de los sectores que responden al Instituto Patria para marcarle la cancha al gobernador Axel Kicillof.
El eje del reproche de Berni hacia el mandatario provincial se centró en una supuesta falta de vehemencia para respaldar a Cristina Fernández de Kirchner en el plano judicial, recordándole al gobernador que su ascenso político se debió de forma exclusiva al patrocinio de la expresidenta. La maniobra, sin embargo, expuso las severas contradicciones que arrastra el propio historial del senador. El mismo dirigente que hoy exige lealtades absolutas es quien en 2021 rompió lanzas con Máximo Kirchner, denunció el alejamiento doctrinario de La Cámpora y declaró públicamente su salida del kirchnerismo para «cortar el cordón umbilical». Incluso, el cortocircuito actual colisiona con sus propias definiciones de hace apenas dos meses, cuando aseguró en televisión que votaría a Kicillof «con los ojos cerrados» para la presidencia de la Nación por considerarlo el único candidato con un proyecto sólido de futuro.
Este nivel de exigencia interna expone un doble estándar metodológico dentro del peronismo que conduce la provincia. El kirchnerismo duro que hoy hostiga a Kicillof por supuestas tibiezas políticas es el mismo que blindó y unificó criterios detrás de la postulación de Leandro Santoro en la Ciudad de Buenos Aires, omitiendo de manera deliberada el pasado del dirigente radical y sus históricos y agresivos mensajes en redes sociales donde acusaba a Néstor y Cristina Kirchner de enriquecerse durante la última dictadura militar mediante la circular 1050 o de pretender manejarse como «faraones». En el caso de Santoro no existieron facturas ideológicas ni condicionamientos territoriales, una indulgencia que el núcleo duro del PJ decide denegarle al actual gobernador bonaerense.
El trasfondo de los chispazos legislativos, potenciados por el planteo de Mario Ishii sobre el colapso de los hospitales del Conurbano, desnuda una operación de desgaste temprano orientada a erosionar la autonomía de Kicillof en un contexto de asfixia financiera por parte de la Casa Rosada. Mientras el entorno del gobernador intenta consolidar un perfil de gestión independiente y con proyección federal, las terminales del kirchnerismo tradicional buscan recortar su margen de maniobra y obligarlo a someter la estrategia electoral a la lapicera de la conducción histórica. Para Kicillof, el principal frente de tormenta ya no solo proviene del gobierno nacional, sino de los propios bloques legislativos que deberían garantizarle la gobernabilidad.

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