8 septiembre, 2026

Punto CBA

Noticias Online

El naufragio educativo: cuando los peores resultados históricos ya no sorprenden a nadie

Los resultados de las pruebas PISA han vuelto a dejar al descubierto una realidad dramática: la Argentina atraviesa la crisis educativa más severa de su historia reciente. Ubicarse en el puesto 75 en Matemática, 62 en Lectura y 71 en Ciencias sobre 91 países evaluados no es una fluctuación estadística ni un tropezón pasajero. Es la confirmación de una pendiente de deterioro que no encuentra piso desde 2006. Cuando ocho de cada diez estudiantes de 15 años no logran resolver un problema matemático básico y seis de cada diez apenas descifran un texto, lo que se está comprometiendo de manera irreversible no es el ranking de un organismo internacional, sino el destino de toda una generación.

El dato más revelador —y perturbador— que arroja este diagnóstico es el fin de la ilusión de la movilidad social y el refugio privado. La especialista Sol Alzú lo ha advertido con claridad: «Nadie se salva acá». El colapso del sistema ha perforado incluso los sectores de mayor poder adquisitivo, destruyendo la premisa de que la inversión privada o el origen socioeconómico garantizan per se la excelencia académica. El naufragio es generalizado, transversal y sistémico. La Argentina invierte un porcentaje de su PBI en educación muy superior al de varios vecinos de la región que hoy nos superan en las mediciones; por ende, el problema no es únicamente de caja, sino de gestión, rumbo y prioridades pedagógicas.

Echarle la culpa a la llegada de la Inteligencia Artificial o al cambio cultural de las nuevas generaciones es una evasiva cobarde. Mientras otros países latinoamericanos trazaron metas de aprendizaje claras y blindaron la formación docente frente a los vaivenes políticos, la Argentina se enredó en debates estériles, paros interminables y un vaciamiento de contenidos mínimos. El aula no puede ser un espacio de contención sin aprendizaje: sin lectura comprensiva ni pensamiento lógico-matemático, no hay pensamiento crítico ni posibilidades de inserción laboral en el siglo XXI.

Para revertir esta decadencia se necesita un consenso nacional extraordinario que ponga el foco en dos pilares innegociables: la jerarquización y actualización permanente de los docentes —brindándoles herramientas reales para liderar la era digital— y la fijación de objetivos pedagógicos precisos y evaluables por grado. Seguir mirando para otro lado ante el informe PISA equivale a resignarse al subdesarrollo. La educación pública argentina fue el motor que construyó nuestra clase media y nuestro orgullo nacional; dejar que se apague en la mediocridad es un crimen social que la historia no nos va a perdonar.