Informes de inteligencia europea y think tanks internacionales coinciden en una fecha crítica: Rusia se prepara para estar en condiciones de atacar al bloque de la OTAN hacia el año 2029. Pese al estancamiento de sus tropas en el frente ucraniano durante este 2026, el Kremlin ha acelerado la transición hacia una economía de guerra con la mira puesta en las fronteras bálticas.
El panorama actual para Vladimir Putin es contradictorio. Por un lado, el Institute for the Study of War (ISW) reporta que las fuerzas rusas atraviesan su peor desempeño en Ucrania desde el inicio de la invasión, con un avance promedio de apenas 2,9 km² diarios en lo que va de 2026 y una tasa de bajas que ya supera la capacidad de reclutamiento. Sin embargo, esta debilidad táctica no ha frenado la ambición estratégica de Moscú. Agencias europeas advierten que el Kremlin busca alcanzar un ejército de un millón de soldados para finales de la década, desplazando armamento moderno hacia las fronteras con Estonia, Letonia y Lituania.
Ante esta amenaza, Europa ha comenzado un «despertar» logístico y militar. Países como Polonia y Alemania han sellado acuerdos históricos para el despliegue de defensas antiaéreas Patriot y la fortificación de la frontera oriental (el plan «Escudo del Este»). El objetivo de la OTAN es llegar a 2029 con una capacidad de disuasión renovada que incluya la fabricación masiva de drones, blindados y una integración tecnológica que prescinda de proveedores críticos como China, cuya cercanía con Irán y Rusia ha encendido las alarmas en Bruselas y Washington.

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