El último informe de la consultora Delfos arroja una cifra que debería encender todas las alarmas en el tablero político y social: el 80% de los argentinos confiesa que no llega a fin de mes.
Más allá del frío número estadístico, lo que este relevamiento desnuda es una mutación profunda en la estructura laboral de nuestro país. Ya no hablamos solo de desocupación, sino de un fenómeno mucho más insidioso: el multiempleo como estrategia de supervivencia. El dato de que un 43% de la población busque activamente una segunda ocupación para cubrir necesidades básicas refleja que el salario, ese histórico motor de ascenso social en Argentina, ha perdido su capacidad de subsistencia.
Esta realidad evidencia una vulnerabilidad que no distingue jerarquías: desde profesionales y docentes hasta el 14% de nuestros jubilados se ven obligados a multiplicar jornadas para no caer en la indigencia. La «estabilidad» de la que suelen hablar las grandes cifras macroeconómicas choca de frente con una microeconomía familiar asfixiada por el endeudamiento y el uso de tarjetas para comprar comida. Si el sistema económico actual solo ofrece como respuesta el agotamiento físico y la pérdida de calidad de vida de quienes trabajan, entonces estamos ante una crisis de representación del valor del esfuerzo.
La verdadera estabilidad no se mide en índices inflacionarios, sino en la capacidad de un ciudadano de planificar su vida con un solo empleo digno, una meta que hoy parece un privilegio de pocos.

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