La confirmación de que 445 personas dependen hoy de la asistencia pública y comunitaria en la Capital expone una realidad que el asfalto ya no puede ocultar. Pero el dato más punzante que dejó el secretario Raúl La Cava no es el número, sino la resistencia: casi la mitad de quienes duermen en la calle rechaza el refugio. Aquí es donde la gestión choca con una barrera que no se soluciona con frazadas ni sopa caliente: la salud mental y el consumo problemático.
Córdoba asiste hoy a 245 personas en sus dispositivos, mientras ONGs históricas como Cáritas, la Hospedería San Alberto Hurtado o la Fundación Sí intentan cubrir a otras 200 que orbitan en la periferia del sistema. Sin embargo, el fenómeno ha mutado. Ya no se trata solo del «croto» tradicional o del trabajador que quedó en la calle por la crisis; hoy la calle está poblada por una «pandemia de salud mental» que el sistema sanitario no logra contener. El consumo de sustancias —a veces causa, otras consecuencia del desamparo— genera una desconexión tal que la libertad de la vereda se prefiere antes que las reglas de un parador.
La aparición de 16 familias con niños en los registros de este año es el síntoma definitivo de un tejido social que se desgarra. Cuando se rompe la red afectiva y económica, el Estado llega para ofrecer un techo, pero se encuentra con personas que ya no tienen las herramientas psíquicas para habitarlo. El desafío para la Docta en este 2026 no es solo aumentar las camas, sino integrar equipos de salud mental en las recorridas nocturnas. Si no se aborda el consumo y el trauma, el parador seguirá siendo una puerta giratoria y la calle, un paisaje de resignación que ningún operativo de higiene podrá barrer.

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