En la Base Conjunta Andrews, mientras Donald Trump recibía a Xi Jinping con alfombra roja, himnos y honores militares, dos aviones de combate estadounidenses sobrevolaron sus cabezas. El estruendo hizo que el presidente estadounidense se sobresaltara visiblemente, mientras que Xi permaneció impasible. Ese instante, captado por las cámaras, trasciende la anécdota protocolar: aunque pareció un intento de proyectar poderío militar, la templanza del líder chino confirmó el temor que genera el posicionamiento de Beijing. China ya no es solo un competidor, sino un actor que redefine las reglas del juego tecnológico global.
La carrera entre Estados Unidos y China en inteligencia artificial no es un simple duelo comercial, sino la expresión contemporánea de la actualización del monopolio de la fuerza legítima a través del ciberleviatán. Como advierte el teórico José María Lassalle, el control ya no se ejerce únicamente mediante la coerción física, sino mediante la recopilación masiva de datos y la influencia sobre opiniones y decisiones. Quien domine los algoritmos, las infraestructuras de cómputo y los modelos de frontera tendrá una ventaja estratégica comparable a la que en otros siglos otorgó el control de los mares o de extensos territorios.
Ambos países reconocen los riesgos existenciales de esta tecnología, capaz de generar agentes autónomos para ciberataques a escala nacional o facilitar el desarrollo de armas biológicas. Frente a las advertencias de la ONU sobre la necesidad de transparencia, Washington y Beijing han abierto un diálogo formal sobre seguridad liderado por el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino, He Lifeng. Sin embargo, la rivalidad no se detiene: Estados Unidos mantiene controles estrictos sobre la exportación de chips avanzados, mientras China desarrolla sus propios modelos y adapta capacidades de Occidente.
Esta competencia pone a prueba la capacidad estatal y la vigencia del Triángulo de Sábato, que articula al gobierno, la estructura productiva y la infraestructura científico-tecnológica. Las estrategias, sin embargo, difieren de raíz. Estados Unidos apuesta por un ecosistema de startups y grandes empresas tecnológicas con mínima regulación, apelando a iniciativas como una AI Force mientras descarta los temores sobre un descontrol algorítmico. China, en cambio, regula para alinear el desarrollo tecnológico con la doctrina oficial del Estado y rechaza cualquier freno externo.
El resultado es una carrera de aceleración mutua donde ambas potencias asumen que detenerse significaría ceder la delantera geopolítica. Ante la falta de marcos regulatorios unificados e indicadores que midan el impacto en la privacidad, la equidad y la seguridad, la responsabilidad estatal queda en entredicho. La exhibición de poder militar en las cumbres es solo la superficie de una batalla real que se libra en los laboratorios y en la producción de semiconductores, dejando abierta la incógnita de si las potencias sabrán construir una gobernanza compartida antes de que la propia tecnología imponga sus reglas.

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