Detrás del 32,3% nacional y el salto de casi 8 puntos en el Gran Córdoba no hay abstracciones estadísticas, sino casi dos millones de argentinos que cayeron en la vulnerabilidad en seis meses. Un llamado de atención que exige asumir el impacto social sin espacio para la complacencia.
Contrariando los discursos optimistas que buscaron instalar una tendencia irreversible a la baja, los fríos números del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) irrumpieron para devolvernos una radiografía incómoda pero insoslayable: la pobreza volvió a crecer en la Argentina. Con un salto de 4,1 puntos porcentuales en el primer semestre de 2026 respecto al cierre del año anterior, el indicador trepó al 32,3%, mientras que la indigencia alcanzó un alarmante 7,5%.
Más allá de los porcentajes, la dimensión ética del problema radica en las personas concretas que integran esas planillas. En apenas seis meses, 1,9 millones de ciudadanos atravesaron el umbral hacia la pobreza en el país, elevando la cifra total a más de 15 millones de argentinos. En el Gran Córdoba, el cuadro adquiere una gravedad supina: el incremento de casi 8 puntos porcentuales transformó a más de 120 mil vecinos en «nuevos pobres», llevando el total del conglomerado a superar el medio millón de personas, con 113 mil sumidas en la indigencia más absoluta.
Intentar minimizar estas cifras apelando a tecnicismos o a la inercia del pasado resulta un ejercicio tan estéril como peligroso. Cuando el costo de la canasta alimentaria y los medicamentos se vuelve inalcanzable para los sectores golpeados por la pérdida del empleo o el deterioro del ingreso, la discusión deja de ser técnica para volverse profundamente humana. Entre esos millones de afectados se encuentran, en su mayoría, niños y adolescentes cuya posibilidad de desarrollo futuro se compromete día a día.
El dato no debe servir para el libreto de la especulación política ni para el conformismo oficial. Sostener la disciplina fiscal es una condición imprescindible para la estabilidad macroeconómica, pero no puede constituirse en el único prisma con el que se juzgue la marcha del país. Reconocer que la crisis social persiste y se profundiza en los grandes centros urbanos es el primer paso, indispensable e impostergable, para articular políticas públicas que no dejen a nadie a la deriva.

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