El crudo diagnóstico sobre la realidad de nuestras infancias desnuda un fracaso colectivo que ninguna estadística alcanza a disfrazar. La profunda crisis del tejido comunitario expone formas de desprotección extrema que exigen dejar de mirar hacia el costado de inmediato.
Resulta inadmisible aceptar como normales los alarmantes registros de exclusión médica y odontológica que condicionan el porvenir de las nuevas generaciones. El alarmante avance de la malnutrición contemporánea, escondido detrás de preocupantes índices de obesidad y sedentarismo, no es más que la prueba física de una sociedad que alimenta mal a sus propios hijos.
Del mismo modo, el descalabro en el acceso al sistema escolar nos condena a un futuro de ciudadanos dóciles y fácilmente manipulables. El doloroso costo espiritual de la crisis se manifiesta en el dato más devastador del relevamiento: la alarmante cantidad de niños despojados de la simple dignidad de festejar su cumpleaños.
La preocupante pasividad actual nos convierte en cómplices silenciosos de un ciclo de exclusión que parece no tener fin. La reconstrucción de una mirada humana constituye el único camino posible para devolver la esperanza y el abrigo a quienes más lo necesitan.

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