29 agosto, 2026

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El dilema del streaming: entre la frescura del vivo y los límites de la responsabilidad informativa

La difusión de una información errónea sobre el padre de Lionel Messi abre un interrogante de fondo sobre las reglas de juego en la era digital. ¿Cómo regular el impacto de las nuevas plataformas masivas sin asfixiar la espontaneidad que les dio origen?

El reciente episodio en el que se difundió un dato falso vinculado a Jorge Messi en un canal de streaming de alta audiencia encendió las alarmas de un debate que excede el error de un programa puntual. En las redes sociales abundaron los pedidos de disculpas y los pases de factura habituales, pero la repercusión del hecho dejó flotando una pregunta jurídica y cultural mucho más compleja: ¿cómo deben encuadrarse las responsabilidades legales en un ecosistema donde las plataformas digitales hoy compiten directamente en influencia, pauta comercial y audiencias con los medios tradicionales?

Por un lado, es innegable que las principales estructuras de streaming locales dejaron de ser meros pasatiempos o transmisiones hogareñas. Cuentan con programación diaria, equipos de producción estables, marcas que los auspician y un poder innegable para instalar temas en la agenda pública. Desde esta perspectiva, resulta lógico que surjan voces exigiendo que se les apliquen estándares de control y verificación similares a los de la radio o la televisión abierta, argumentando que a mayor nivel de impacto social, mayor debe ser el compromiso con el rigor de la información.

Sin embargo, el escenario no es tan lineal y plantea zonas grises. Gran parte de la identidad, el éxito y la legitimidad del streaming se construyeron sobre la base de la informalidad, la cercanía y la espontaneidad del vivo. Intentar encorsetar estos formatos en las rigideces de las leyes de radiodifusión tradicionales —diseñadas para una realidad tecnológica que ya no existe— genera el temor de asfixiar la frescura que los hace atractivos o, peor aún, de crear mecanismos de control que rocen la censura indirecta. ¿Es justo exigirle el mismo protocolo de chequeo a una mesa de debate distendido que a un noticiero central?

El verdadero desafío del presente no pasa por buscar culpables aislados, sino por encontrar un equilibrio intermedio. La tecnología resolvió la vieja discusión sobre quiénes tienen acceso a un micrófono para hablarle a millones de personas. Ahora, el vacío legal y regulatorio obliga a madurar una nueva discusión colectiva: cómo delimitar una cadena de responsabilidades transparente para proteger los derechos y la reputación de los ciudadanos, sin que eso implique destruir la libertad y el dinamismo que convirtieron al streaming en el lenguaje de las nuevas generaciones.