29 agosto, 2026

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El temblor en las aulas o la urgencia de tomarnos la prevención en serio

La reciente reactivación de los protocolos y simulacros de evacuación sísmica en las escuelas de Córdoba, coordinada por el Ministerio de Educación y Defensa Civil, suele recibir una respuesta ambivalente en la comunidad. Para muchos, este tipo de ejercicios se percibe como una pérdida de horas de clase o un trámite burocrático más que hay que cumplir para engrosar los expedientes estatales. Sin embargo, en un mundo donde las catástrofes naturales golpean con escalas nunca antes vistas, la prevención dejó de ser una opción técnica para convertirse en un imperativo ético.

Es cierto que Córdoba no es San Juan ni Mendoza, y que la intensidad histórica de nuestros movimientos telúricos nos ubica en una zona de riesgo moderado. Pero el error más grave que puede cometer una sociedad en materia de seguridad urbana es confundir «riesgo moderado» con «riesgo cero». La geografía no otorga inmunidades eternas, y la complacencia frente a la infraestructura escolar —muchas veces obsoleta o carente de salidas de emergencia en condiciones— es el verdadero peligro que se esconde detrás de las paredes de las aulas.

Instruir a un niño en la técnica de «Agacharse, Cubrirse y Sujetarse» o enseñarle a identificar de memoria el punto de encuentro seguro en el patio no es sembrar el pánico; es democratizar el instinto de supervivencia. El pánico nace, precisamente, de la ignorancia y del caos cuando el suelo se mueve bajo los pies. Cuando Defensa Civil audita un edificio y exige mantener los pasillos despejados de mobiliario o señalizar las vías de escape, no está entorpeciendo la dinámica escolar, sino trazando la delgada línea que separa la desgracia de un desalojo ordenado.

La verdadera cultura de la prevención no se construye con un simulacro aislado una vez al año para la foto oficial. Requiere constancia, inversión en infraestructura y la madurez colectiva de entender que el tiempo invertido en seguridad nunca es tiempo perdido. Cuidar a las infancias cordobesas implica, necesariamente, prepararlas para los escenarios que nadie desea que ocurran, pero que el planeta, tarde o temprano, siempre nos recuerda que son posibles.