El resquebrajamiento de la movilidad social genera desconfianza en las instituciones e incertidumbre en las nuevas generaciones, que dudan de poder superar la calidad de vida de sus padres.
Durante gran parte del siglo XX, la certeza de que el esfuerzo, la educación y el trabajo garantizaban el progreso individual funcionó como el gran motor de organización social. Sin embargo, en la actualidad crece una crisis de expectativas que trasciende el plano meramente económico y amenaza la estabilidad de los sistemas democráticos en todo el mundo.
Esta encrucijada plantea una paradoja inédita: la generación con mayor nivel de formación académica, habilidades digitales y acceso a la información enfrenta hoy barreras sin precedentes para acceder a la vivienda propia, ahorrar o consolidar un patrimonio. El acelerado ritmo de la innovación tecnológica y las transformaciones del mercado laboral no han sido acompañados por una expansión equivalente en la estabilidad y calidad de los empleos.
Frente a la pérdida de previsibilidad, las sociedades no solo ven resentida su economía doméstica, sino que comienzan a desconfiar de las instituciones públicas y de las reglas del juego democrático. Para revertir esta tendencia, se vuelve indispensable construir un nuevo pacto social que logre reconciliar el desarrollo tecnológico con oportunidades concretas, asegurando que el progreso individual vuelva a ser una realidad alcanzable.

Más historias
La trampa de la mora: cuando el problema no es la falta de educación, sino la falta de margen
Tenencia irresponsable: la falta de controles y registros de perros peligrosos vuelve a costar vidas en Córdoba
Justicia e Inteligencia Artificial: un fallo sienta precedentes sobre la validez de la prueba digital penal