30 mayo, 2026

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La reforma del estacionamiento en Córdoba: entre la promesa de orden y el dilema de la subsistencia

La inminente aplicación del nuevo sistema de estacionamiento controlado en la ciudad de Córdoba, programada para el 26 de mayo, abre un debate profundo que trasciende la mera digitalización de un servicio. Al eliminar el cobro en efectivo y transformar a los tradicionales «naranjitas» en «constatadores urbanos», la gestión municipal busca responder a un reclamo histórico de transparencia. Sin embargo, detrás de la normativa se esconde una compleja trama social donde conviven la esperanza de la formalidad y el temor a la precarización.

Por un lado, es imposible obviar que la formalización laboral representa un avance para un sector históricamente postergado. Para muchos cuidacoches, la posibilidad de contar con un respaldo legal, un marco regulatorio claro y la tranquilidad de no ser hostigados por las fuerzas de seguridad es un paso hacia la dignidad. Dejar atrás la informalidad absoluta para integrarse a un esquema reconocido por el Estado es visto por un sector como una conquista que aporta estabilidad a sus familias, transformando una actividad de supervivencia en un trabajo registrado.

Por el otro, surgen interrogantes legítimos sobre la autonomía de estos trabajadores y el impacto real en sus ingresos. Al pasar a depender de una aplicación virtual y de la intermediación municipal, algunos operarios advierten que se convertirán en «entes recaudadores», viendo cómo una porción de lo generado en la calle —que antes iba directo a su sustento— ahora será absorbida por las arcas públicas. Asimismo, las restricciones horarias que impone la digitalización plantean una encrucijada para quienes dependían de la actividad nocturna, un terreno donde las reglas del juego suelen ser más hostiles pero también más lucrativas.

La reforma plantea un escenario donde no existen verdades absolutas. ¿Es posible ordenar el espacio público sin resentir la economía de los sectores más vulnerables? El éxito de esta ordenanza no se medirá únicamente por la efectividad de los códigos QR o la recaudación fiscal, sino por la capacidad del municipio para equilibrar la necesidad de control ciudadano con la protección de quienes, durante décadas, hicieron de la calle su único puesto de trabajo.