La Organización Mundial de la Salud (OMS) encendió las alarmas de la comunidad internacional ante la «amplitud y la rapidez» con la que se propaga un nuevo brote de ébola en la República Democrática del Congo (RDC). Tras declarar la emergencia sanitaria internacional, el organismo y el gobierno congoleño confirmaron que la epidemia ya provocó al menos 136 muertes presuntas y mantiene bajo estricta observación a unos 543 casos sospechosos en el noreste del país centroafricano.
El epicentro del virus se localiza en la provincia de Ituri, una región fronteriza con Uganda y Sudán del Sur. La mayor complejidad del escenario radica en que el brote está siendo causado por la cepa Bundibugyo, una variante para la cual no existen vacunas ni tratamientos específicos aprobados, a diferencia de la cepa Zaire que protagonizó epidemias anteriores. Representantes de la OMS admitieron que en los primeros días del brote se registraron serias dificultades de diagnóstico debido a que los laboratorios locales solo estaban equipados para detectar la variante antigua, provocando que decenas de pacientes con ébola fueran erróneamente tratados por cuadros de malaria.
Frente a la urgencia, equipos científicos internacionales, en colaboración con la Universidad de Oxford, iniciaron una carrera contrarreloj para contrarrestar el avance de la enfermedad. La OMS informó que se están analizando dos moléculas en estudio y estiman que en un plazo de dos meses podría desarrollarse una vacuna candidata para esta variante. No obstante, las autoridades médicas en el territorio advierten que la contención será compleja debido a la precariedad de la infraestructura hospitalaria en el Congo, donde el personal sanitario civil denuncia estar enterrando a las víctimas y manipulando casos sospechosos sin guantes ni equipos de protección adecuados.

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